Si hay algo que hemos perdido, son las excusas.

La pandemia que sufrimos ha parado de golpe lo cotidiano, este tiempo de confinamiento nos está permitiendo observar hacia afuera y hacia adentro. Quizá saquemos algo bueno de todo esto como humanidad, tal vez podamos aprovechar sabiamente este punto de inflexión porque las excusas se nos han agotado.


La vida, a pesar de nuestra trágica existencia, es bella. Y también es frágil. Hoy, sólo poniendo un poquito de atención, podemos ver y sentir lo insignificantes que somos. Nos hemos apartado del mundo y la vida ha continuado sin nosotros. La Naturaleza se abre paso, se regenera, se extiende y ocupa de nuevo los lugares que le hemos arrebatado. Y aún, nos atrevemos a pensar que somos más importantes. ¡Qué pretenciosos! Si estamos aquí, no es por nuestra firmeza sino por su flexibilidad. La vanidad, el orgullo, el egoísmo, la arrogancia y la avaricia nos han ido apartando de lo esencial, de lo natural, de la verdad. Somos sus hijos y ella como madre, es infinita. Está dispuesta a darnos todo cuanto necesitamos. Pero cuánto, ¿cuánto más necesitamos? ¿Cuánto más vamos a exprimir sus pechos? ¿Cuánto más vamos a secar su seno? ¿Cuánto es suficiente?


La fragilidad de toda la existencia está en nuestras manos.

Llevo un equipaje que no me pertenece, una carga sobre mis hombros que no es mía, una bolsa repleta de insignificancia. Me he creído que hacía falta mucho y mírame ahora qué poco. Se nos ha parado, se nos ha dado tiempo y también se nos ha quitado lo aparentemente imprescindible. A unos se les ha quitado la cervecita en el bar, a otros las tardes de fútbol, las sudadas en el gym. Las reuniones con los amigos, las horas interminables de trabajo o la seguridad de la paga. Hay quien ha perdido el trabajo, la pareja, la tranquilidad, la confianza, incluso la salud. Los hay también que van perdiendo la alegría, la esperanza y la ilusión. Y quienes desgraciadamente han perdido a sus seres queridos. Cada uno está viviendo su dolorosa y particular tragedia.


Tragedias, cada una en su medida, porque antes se nos olvidó agradecer y disfrutar. Se nos olvidó que la vida se acaba, o quizá no sabíamos aún cómo ser agradecidos y amables; no tuvimos en cuenta que estamos aquí de prestado, que todo pasa, que nada nos pertenece y que todo termina. Por más que queramos dominarla, por más que llenemos nuestras vidas de valores insustanciales, o por más que luchemos por no dejar marchar lo que amamos, la vida continuará siendo implacable. Todos estamos perdiendo algo o a alguien, pero si hay una pérdida que a todos nos toca, si hay algo que a todos se nos ha arrebatado, sin excepción, son las excusas.


Mañana podrías morir, no es una broma.


De hecho algún día vas a morir. Sé que es duro escucharlo, lo sé, pero es la verdad. Podría morir tu madre, tu hijo, tu pareja, tu amigo, incluso tú. Puedes volver a esconderte detrás de todas las justificaciones que se te ocurran, detrás de lo superficial, de lo insubstancial. Esto no importa mucho, lo que importa es que te encontrará. Ya no hay excusas que valgan, ya no son creíbles, ya no son útiles, ya no son sostenibles. Y no querrás morir así, ¿verdad? No hay nada que te excuse de no ser mejor persona, de ser poco amable, ni de demostrar poco amor. Ya no es excusa el tiempo, el estar ocupado o que no es el momento. No es excusa que tú no puedes hacer nada. No hay excusa para no ocuparte de lo importante, de lo necesario; ni para no reclamar lo que valoras, ni para no vaciar el trastero. Es el momento, es tu momento.


Soy sólo una personita más, algo insignificante, que desde esta oscuridad puede apreciar una luz que nace dentro e ilumina lo de ahí afuera. Hay tanto que disfrutar y tanto que apreciar. Tiene tanta belleza ese amor, tanta entrega, que algo de todo lo que recibo he de devolver. Ella, seguramente como buena madre aún nos espera sin resentimiento con los brazos abiertos. Esperanzada por cuanto hayamos aprendido, ilusionada por abrazarnos en el reencuentro para entregarnos el regalo de una nueva primavera. Es curioso, que ahora con tan poco, tenga yo tanta Libertad para sentirme, para valorarme, para reconstruir mi vida con plenitud. Porque si no, qué podemos hacer con este presente, aunque en ocasiones nos resulte pesado, más que agradecerlo y disfrutarlo.


La vida no espera más que ser vivida con plenitud, para ello es necesario desarrollar una relación de igual a igual.

A través del cristal, vislumbro la luz dibujando paisajes de todas las formas llenos de matices coloridos en pastel. Amaneceres, anocheceres, atardeceres que nos regalan vida. Hielo, arena, tierra sobre los que asentamos nuestros sueños. Mares, ríos y océanos que nos invitan a la aventura. Y cielo, un fabuloso cielo azul que abriga y abraza todas nuestras esperanzas y plegarias. A través del cristal, veo que pacientemente me invita a recorrerla con cada paso, a descubrirla en toda su magnitud, a confiar en su protección, y a descansar sobre ella. Me anima hacia un destino que no logro comprender pero que sin embargo puedo sentir plenamente, palpitante de alegría en mi interior. Nos aguarda, no nos juzga, es tan magnífica, que se está acicalando y vistiendo con sus mejores galas para el día que llegue nuestro encuentro. Ahora, ya sólo depende de todos nosotros, ya no hay excusas.


© David G. Alemany

 Sociólogo y Terapeuta


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Ayudo a las personas a disfrutar de la vida.

Soy Coach, hipnoterapeuta, experto en técnicas de liberación emocional y PNL. He asesorado a cientos de personas a mejorar la calidad de sus vidas. Como orientador personal he desarrollado habilidades para ayudar a sobrepasar bloqueos y conflictos, favorecer una mejora interior respetuosa y enfocar sin ansiedad lo realmente importante para cada persona.

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DAVID G. ALEMANY

Liderazgo Personal y Profesional

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